martes, 1 de diciembre de 2009

Cuando la opinión es un delito


Columna publicada el 01-02-2004
Jorge Mufarech, un parlamentario del oficialismo en el Perú, quien antes fue miembro de un partido adversario al del presidente Alejandro Toledo, y antes fue ministro de Fujimori, se caracteriza por proferir melindres del tamaño de una catedral.

Me pide, por ejemplo, en una demanda judicial por difamación que me entabla, que pruebe las cosas que digo, cuando todas ellas son de dominio público en el Perú. O sea, solicita un absurdo. Y, como diría alguien, “contra la insensatez, incluso los dioses discuten en vano”. También me achaca ánimo injuriante donde sólo hay espíritu fiscalizador. Y me atribuye dolo donde sólo existe crítica pura, dura y feroz.

En fin, no pienso hacer los descargos de los disparates de la querella en estas líneas. Porque de ello se encargará oportunamente mi abogado ante los tribunales limeños. Lo que no puedo pasar por alto es que se me quiera utilizar para intentar asustar a otros articulistas. Argüir difamación para sancionar un delito de opinión es algo que no se puede tolerar.

Mufarech se extraña de que un periodista de opinión emita juicios de valor. Tampoco entiende las figuras retóricas, ni las metáforas, ni el sarcasmo impío, ni la ironía, ni la frase ingeniosa, ni la burla como género literario y estilo periodístico. Tampoco le entra en su cabeza que un funcionario público, como él, es susceptible de recibir críticas. Es decir, no comprende para qué sirve el periodismo de opinión.

Ergo, acusa a los periodistas por sus pensamientos y comentarios. Porque es incapaz de digerir que un columnista, como este modesto servidor, cuando escribe no está informando al público sobre un hecho, sino expresando libremente sus ideas. Porque no comprende que las opiniones puras no son injuriosas ni constituyen delito, no sólo porque así lo establece la Constitución peruana, sino porque en una sociedad democrática no se puede definir como delito el punto de vista personal, subjetivo, arbitrario, por más que éste afecte a alguien tan sensible, susceptible y sensitivo como Jorge Mufarech, quien siente que le he metido un pinchazo a su autoestima.

Si nos ajustáramos al criterio de Mufarech, nadie podría abrir la boca. Nadie. Salvó él, por cierto, quien cree tener todo el derecho de endilgarle el epíteto –ese sí, ofensivo- de corrupto o delincuente a quien le venga en gana.

El periodismo de opinión, es importante recordárselo a todos lo que piensan igual que Jorge Mufarech, es tener la libertad de decir lo que se piensa sin pedir permiso. Así es y así será. Siempre. Aunque no les guste.

Pedro Salinas es corresponsal de la agencia © AIPE en Lima.
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